Hace unos años un compañero de trabajo me preguntó si me sentía catalán.
Antes de que tuviera tiempo de responder, otro compañero dijo: “No se sent català, és català”, poniendo el acento en el verbo ser, para a continuación hilvanar una argumentación más o menos pujolista, aquella que defiende que “es catalán quien vive y trabaja en Catalunya, y quiere serlo”, haciendo referencia a mi integración aquí.
En otra ocasión, y en medio de una conversación que más bien creo que era una discusión, un amigo me espetó: “és que no ets català, Sebas”, argumentado luego algo así como que, detrás de una capa de catalanidad, subyacía una cierta forma de ser y hacer argentina.
Dos maneras de ver una misma cuestión. Dos visiones diferentes. Dos maneras de expresar opiniones tal vez contrarias entre sí.
Y en una tercera ocasión, mi peluquero, que es argelino, sostuvo que considera que sus hijos nacidos aquí no son catalanes, sino argelinos. Y añadió que los hijos nacidos aquí de otro cliente chileno que esperaba su turno eran chilenos. Y podría haber seguido así con todas las nacionalidades. Y añadió al final que él lo veía así, con una gesticulación que indicaba que otros, tal vez, lo veían de otra manera.
No quiero hablar hoy de identidades ni de quién tiene razón.
No pretendo decidir si mi compañero de trabajo, mi amigo, mi peluquero o Mariano Rajoy están en lo cierto. Lo que me importa es que todos puedan decir lo que piensan sin miedo. Porque una sociedad donde solo se expresan las opiniones que no incomodan acaba siendo una sociedad donde cada vez se piensa menos.
Por eso creo que es bueno debatir ideas, expresar opiniones y generar un espacio de convivencia donde cada uno se sienta libre de compartir sus puntos de vista sin temor.
Porque si tenemos miedo de decir lo que pensamos, corremos el riesgo de dejar de pensar.
Y sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no sirve de nada (José Luis Sampedro).
Por eso ante el alud de piedras que le están cayendo, mi solidaridad está hoy con Rajoy.
Prefiero una y mil veces que todos podamos decir lo que pensamos, a que callemos cobardemente.
Porque si hay miedo no hay libertad.
No tengamos miedo de ejercer la libertad, de seguir pensando, y de poder compartirlo.
Las democracias no empiezan a debilitarse cuando desaparecen las respuestas.
Empiezan a debilitarse cuando dejamos de atrevernos a formular las preguntas.
Un abrazo para todos.