La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ha provocado una fuerte sacudida en la comunidad internacional. Un meteorito en medio del sistema de seguridad colectiva.
Violación de la soberanía de un país, secuestro de su presidente, tutela del gobierno.

Y todo con el objetivo, nada oculto, de controlar sus recursos naturales y marcar territorio frente a Rusia, China, y el mundo entero.

Más allá de las consideraciones morales de todo ello, la decisión de Trump supone una clara violación del derecho internacional, con el uso ilegal de la fuerza y la detención de un jefe de Estado.


El peligro, esta vez, no ha venido del Este.
Ha venido de un país que supuestamente aboga por el mantenimiento del orden mundial basado en normas, aunque no es la primera vez que las incumple.

El peligro no viene del Este.
Rusia no tiene una capacidad militar de alcance global. No es una superpotencia, según la definición propia de la teoría de las relaciones internacionales. Apenas puede sostener la guerra con Ucrania. Y tampoco tiene afán de hegemonía mundial, sino únicamente de salvaguardar su seguridad, manteniendo cierta área de influencia en países vecinos.

El peligro viene del Oeste.

A comienzos de su segunda presidencia fue la guerra comercial, con un vendaval de aranceles sobre todos los países, que ha hecho saltar por los aires el sistema mundial del comercio, junto con una serie de amenazas de anexión, más o menos veladas, sobre Canadá y Groenlandia.
Ahora, sin embargo, el uso de la fuerza se ha hecho efectivo.

Una nueva intervención militar estadounidense en América Latina, cuando pensábamos que eso ya era cosa del pasado, que había quedado relegada a los libros de historia. Años ’70, pero con tecnología del siglo XXI.
A la intervención militar en Venezuela se suman nuevas amenazas, ahora sí, por supuesto, mucho más creíbles: Colombia, Cuba, México, y nuevamente Groenlandia.
¿Sorprendería a alguien despertarse en unos días o semanas con la noticia de que Estados Unidos ha ocupado militarmente la isla bajo soberanía danesa? Solo a unos pocos despistados.

Europa lleva, como mínimo, cuatro años mirando hacia el Este, hacia Rusia, desde la intervención militar en Ucrania. Muchos Estados miembros han reforzado sus fronteras por miedo a ser atacados por un país que ellos mismos aseguran, sin embargo, que no tiene suficiente capacidad militar y que ha fracasado en su intento de ocupar Ucrania y provocar un cambio de régimen.
El peligro del Este sería, en todo caso, puntual y limitado.

El peligro que viene del Oeste, sin embargo, es sistémico y disruptivo. Rompe con las certezas que teníamos hasta ahora, con el orden establecido y con un futuro más o menos previsible. Trastoca todo el orden internacional y nos lanza hacia un nuevo panorama, del que no sabemos bien en qué consistirá.
El peligro no se circunscribe solo a otra posible intervención militar, aquí o allá, sino que erosiona por completo el sistema de seguridad colectiva del que nos dotamos desde la Segunda Guerra Mundial: prohibición del uso de la fuerza, monopolio de la violencia en el Consejo de Seguridad de la ONU, arreglo pacífico de diferencias.

Es cierto que este orden ha sido violado en numerosas ocasiones, pero ahora parece que es diferente: responde a una voluntad consciente y decidida de establecer una nueva doctrina que va más allá de una Doctrina Monroe revisitada y tiene el riesgo de volverse de alcance mundial, donde el enemigo puede ser cualquier Estado que se oponga a los intereses de Estados Unidos.

En nuestro caso, el de la Unión Europea, somos ahora un objetivo directo, al ponerse en entredicho nuestra integridad territorial.
Nuestro aliado, quien debe defendernos, se convierte en nuestro enemigo.
El peligro nos viene ahora del Oeste.

¿Reforzaremos nuestras fronteras? ¿Adoptaremos medidas? ¿Marcaremos territorio?


Solo una respuesta firme y con perspectiva histórica, de esas que marcan un hito, puede salvarnos y mantenernos fuertes y unidos. Y puede marcar el camino para que otros no se dejen intimidar. Para que el mundo entero no entre en una etapa de caos donde prevalezca la fuerza y no el entendimiento, la confrontación y no la cooperación. La guerra y no la paz.

Esperemos que Bruselas esta vez esté a la altura. Oportunidades ha tenido y varias. Esperemos que ahora sea diferente.