La Unión Europea ha pasado de ser una mera área de libre comercio en sus inicios a una unión económica y monetaria en la actualidad, cuya máxima y más tangible expresión es el euro.

La unión política, sin embargo, siempre ha sido citada como su punto más débil, el eslabón que todavía falta por construir y que dificulta, en cierta medida, el desarrollo y buen funcionamiento de los demás; en concreto, de su mercado único, en todas sus facetas de libre movimiento de bienes, servicios, capitales y personas.

No hay a quien llamar si se quiere hablar con Europa, según se atribuye que dijo Kissinger en su momento. Es decir, no hay un único centro de decisión, capaz de imponer sus decisiones ad intra a todos los miembros del club, ni de poder vincularse ad extra con el resto del mundo sin tener que recabar previamente el asentimiento de dichos miembros.

La Unión Europea es una unión de estados soberanos, articulada bajo el principio del federalismo, sí, pero donde sus miembros mantienen competencias en áreas hard como la defensa, la seguridad interior o la política exterior, cosa que dificulta e impide una actuación común de la UE en dichas áreas, difuminando por ende su posición en la escena internacional como actor global.

Y ello es un hándicap cada vez más pesado en el momento actual, cuando estamos inmersos en una cuasi guerra fría entre Estados Unidos y China, la democracia liberal se está poniendo en solfa por determinados actores e ideologías, y los avances tecnológicos están provocando cambios sistémicos en la economía y la sociedad globales cuyo alcance no solo no somos capaces de prever, sino tan siquiera de imaginar.

En este contexto la Unión Europea aparece como un niño ante un juego de adultos. Un mero espectador en el tablero mundial frente a potencias como EE. UU., China o Rusia, pero también frente a actores individuales como Elon Musk o Mark Zuckerberg, tan o más poderosos que muchos estados, todos ellos con sus propios intereses, que en muchos casos difieren de los europeos.

En este nuevo escenario la UE se muestra no solo incapaz de competir en tecnología o innovación con otras potencias globales, sino tampoco de actuar con una sola voz en el mundo para poder defender sus propios intereses y su modelo de democracia liberal y estado del bienestar, auténtica marca de la casa.

Llegados a este punto, ¿no es momento ya de convertirnos en un único estado?

Si nacimos como área de libre comercio primero, unión aduanera después, más tarde mercado único y unión económica y monetaria (UEM), y hasta disponemos de moneda común, parece que la estación final del camino será la conversión en un único estado, como pasó en su momento con los trece estados que habían formado una confederación de estados libres y soberanos en 1777 con los Articles of Confederation, y que se convertirían en 1789 en los Estados Unidos de América con la Constitución de dicho año.

Si queremos ser algo o alguien en el nuevo mundo que se está gestando, ¿no es éste el único camino?

En caso de embarcarnos en dicha empresa, no estaríamos, según mi opinión, ante un ejercicio de virtuosismo por nuestra parte, sino ante una auténtica necesidad de supervivencia existencial.

La idea, claro está, no podrá realizarse de un día para el otro, y no estará exenta de contratiempos y discusiones. Necesitará un calendario, con hitos intermedios, como lo tuvieron en su día otras grandes ideas que han conformado el proyecto de integración europeo.

Estamos hablando de un horizonte a veinte o treinta años vista, pero lo importante es marcarse el objetivo, saber que ese es el estadio ulterior que queremos alcanzar, y ponernos a trabajar juntos para conseguirlo. Cuanto antes, mejor.

Si alguien cree que la idea parece osada, le diría que es la única respuesta que tenemos para poder seguir disfrutando de nuestro European Way of Life, sin que nadie ponga en riesgo nuestras fronteras exteriores o intenten inmiscuirse en nuestros asuntos internos, para no quedar relegados como meros estados secundarios y empequeñecidos, al albur de las grandes potencias, y para poder ganar músculo en la economía, el comercio y la innovación.

Un único estado. Un único asiento en la ONU. Una única nacionalidad y pasaporte.

Un gobierno, un parlamento y un poder judicial a nivel federal, o sea, europeo. Y unos estados con amplias competencias, manteniendo cada uno su idiosincrasia, su cultura, su folclore. La federación más descentralizada de la historia del federalismo. Pero al fin y al cabo una sola federación estatal. Un país. Un ministro de defensa, un ministro de asuntos exteriores y unas únicas fuerzas armadas.

Camilo José Cela no estaba dormido sino durmiendo, según dijo. Los europeos estamos cuanto menos, adormilados. Diría que casi aturdidos ante los vertiginosos cambios y avances del mundo y la tecnología. Siendo más espectadores que protagonistas.

Conducimos coches eléctricos o pagamos a través de plataformas americanas, o nos comunicamos con teléfonos asiáticos, a través de redes sociales y plataformas de China o Estados Unidos. Pero eso sí, estamos rodeados de museos y ruinas que atestiguan la grandeza pretérita de nuestra civilización. A este paso corremos el riesgo de que nuestro presente se acabe convirtiendo tan solo en el recuerdo de nuestro pasado.

Ante este panorama la Unión Europea ya no nos sirve como estructura institucional para mantener nuestra posición actual o intentar mejorarla. Ha sido un mecanismo valiosísimo hasta ahora, pero ha llegado el momento de dar un paso más y ahondar en el proceso de integración, con parada final en un único estado europeo.

Si no queremos entrar en un declive permanente, si lo que queremos es avanzar y progresar, defender nuestros valores y principios, asegurar nuestro progreso, y ser guía para otros, es momento de diluirnos en una casa común, manteniendo nuestras particularidades, pero emergiendo como una única voz, como un único estado frente al mundo.

Europa Unida. ¿Nos ponemos en marcha?

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